PAN A TODO GALOPE

Por Carmen Ros

Llego antes de la hora convenida para comer con Rosina Conde y entrevistarla. Ella todavía está dando clase. Le envío un whatsapp diciéndole que la espero en mi cubículo.  No tarda. Ahí está, vestida con colores bermellón y rojo bandera y el cabello mucho más corto que de costumbre. ¿Quién le aguanta el trote a Rosina para ganarse el pan? Canta, escribe, edita, da clases, hace investigación académica y, al paso, como si nada, cose y teje.

Por ejemplo: ahora mismo, Rosina está montando un espectáculo poético-musical.  “Es para mis muertos”, dice,  y yo levanto las cejas como queriendo transformarlas en signos de interrogación. Ella, que ha comprendido mi gesto, explica: “Mis muertos, me refiero a amigos que se me han adelantado como Daniel Sada, Federico Campbell, Jesús Gardea y otros. Intercalo poemas y canciones compuestas y musicalizadas por mí. Los arreglos para piano, violín, guitarrón, guitarra, arpa, los hace Omar Ortiz. La idea es trabajar con mariachi antiguo sin trompetas,  con puras cuerdas. Ese es el estilo que escogí para explorar la experiencia de la muerte. El espectáculo se desarrolla a partir de Testamento, la primera canción que compuse mientras estuve hospitalizada”.

Rosina suele cantar con grupo musical; pero igual se lanza a hacerlo a capella, como se puede apreciar en este video en donde interpreta, con el color de lo inexorable,   Testamento

¿Qué canta Rosina? Jazz, blues, bolero y “estoy metiendo bossanova”. ¿Dónde cantas?, le pregunto y ella frunce el entrecejo, calla unos segundos, se ve que está revisando, instantáneamente, algunos de los archivos de sus recuerdos y dice después de un recuento superficial: “En La Feria del Libro, en Tijuana, el Teatro de la Ciudad, en la Delegación Coyoacán…Una vez canté en el Reclusorio Norte. Me dijeron que ahí estaban los reos más violentos”. En esa ocasión, a Rosina, al momento de entonar una canción, pudo divisar algunas de las caras de la multitud de presidiarios. “Unos lloraban, quizá Bésame mucho les traía recuerdos de la novia, los padres, la infancia, no sé. Yo también lloré, no sé cómo le hice para seguir cantando; cuando terminé, aplaudieron eufóricos”.

Sépase que si se trata de levantarse para empezar la gesta de cada día, la cantante madruga en serio, arranca el galope  —y lo dice sin pudor— “a las cuatro y media o cinco de la mañana”, para sacar a Corica, su perra chihuahueña, a correr. ¿Y ese nombre? “Ah, la corica es una galleta de maíz en forma de dona, y ella es del color de las coricas”. Luego, la cantante prende su computadora, y va a la cocina a prepararse un café con leche. Sube y empieza la talacha según la agenda “puede que esté corrigiendo un libro de Desliz, mi editorial: armándolo, diseñando, buscándole portada, ilustraciones, o tal vez esté escribiendo textos míos, leyendo, depende de la carga de trabajo que tenga en la universidad”. Sépase igualmente, y porque viene al caso, que Rosina es integrante y profesora de la Academia de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).  Volvamos a las madrugadísimas de la cantante: para las tareas que mencionó arriba, la editora dispone alrededor de dos horas. Luego se baña, usa jabón de avena o de leche de burra, “desde los 13 o 14 años. Nunca tuve espinillas”.  Completa su toillete con crema para manos que extiende sobre  “la cara y el cuerpo y también me pongo un gel con vitamina E. No uso cremas cosméticas. En invierno uso crema de caléndula. Luego me visto”.

Y enseguida viene el primer alimento del día, opíparo, mesa pródiga la de ella: “huevos estrellados con jamón, chorizo, verduras y tortillas hechas a mano”, y éstas las tiene al alcance porque vive en Metepec y ahí es fácil conseguirlas. También es la hora del desayuno de Corica, y de Mandala, la gata recién llegada y que ya concedió, por fin, alternar con una perra.  “Ya se toleran”, comenta Rosina.

Y después de todo lo anterior, la escritora arranca en su coche rumbo a la universidad, en donde, dependiendo de horarios, atiende estudiantes y da clases, entre otras gestiones. Por las tardes o al anochecer, al volver a casa, de inmediato se pone la pijama, juega con la perra (¿o al revés?) y se sienta en la sala a ver televisión. “Diario veo una película o una serie, cosa que antes no hacía, pero desde que escribí mi libro sobre personajes ‘tipo’, lo hago”.  Entonces,  ¿a qué horas lee Rosina?, pues en las mañanas y en los días que tiene destinados a la investigación, además “leo reportes de lectura de mis estudiantes, libros de gramática, de teoría literaria, de literatura medieval. ¿Mis favoritos medievales? El caballero de la carreta, Perceval, Amadís de Gaula, La divina comedia, Los cuentos del conde Lucanor; pero también autores de literatura contemporánea”.

¿Y qué escribes?, pregunto y ella levanta las cejas como diciéndome <<no te hagas, ni que no supieras>>, pero responde: “cuento, poesía, novela”, ¿y qué buscas en el lector o lectora? “Que se jale los pelos, ya sea que se confronte a sí mismo, o porque se pelee con los personajes, o con la temática o con lo absurdo o injusto del sistema social”.  A lo largo del año, Rosina toma notas, hace apuntes en el coche, en aviones, en la universidad o los hace en la memoria y al escribir echa mano de ellos,  “cuando coso, se me ocurren ideas, imágenes, frases, proyectos y voy escribiendo en la cabeza”.  Ella pronuncia la frase <<cuando coso>>, y me digo <<perfecto, a este punto yo quería venir>>, porque ella, la que canta, edita y escribe, también confecciona vestuario teatral y de cabaret. Las tijeras y las agujas de Rosina han cortado y cocido vestuario para figuras como Astrid Hadad y Janet Macari, entre muchas otras.

¿Y a qué horas abriste la puerta con el letrero que anunciaba <<Aquí: Corte y Confección>>? La tez de la creadora se alegra, su gesto se colma de un gusto que rebulle: “Empecé a los 15 años,  haciendo vestidos de novia, el primero me lo encargó una sobrina de 18. Yo había estudiado Corte y confección y tenía mi prestigio allá, en Tijuana, de donde soy, la gente decía <<Rosina cose muy bonito>>.  A los catorce años, la cantante y escritora, se tituló, con  bombo, platillo y glamur, de corteconfeccionista. “En mi graduación tuvimos que concursar en un desfile de modas. Yo presenté una falda pantalón larga, de crepé de lana, color azul cielo, con una blusa camisera, también de crepé, mangas largas y cuello alto. La falda era ancha con una faja de raso de seda, no se notaba que era pantalón, sino hasta que la modelo caminaba. Con esas prendas gané el desfile”, cuenta la modista de alta costura alargando el cuello, tiene un discreto fulgor en la mirada, y dice, como quien espera el cumplimiento de una antigua promesa: “Siempre he querido dar clases de corte y confección, una vez estuve a punto de conseguirlas en una secundaria, pero cuando el director vio en mi currículum que había estudiado Letras, me dio el curso de Español de todos los grupos de tercero de secundaria. Me dijo: <<Una costurera comoquiera me la consigo, pero no una maestra de Español>>”.  

Rosina. Modista. Escritora. Maestra universitaria. Editora. Cantante. Agréguese al currículum que sabe tejer y que los jueves, dado que su coche no circula, imparte un taller de tejido: “agujas, gancho, están haciendo bufandas y voy a enseñarles a hacer suéteres. En Metepec siempre hace frío”. 

Este ha sido el trote con el que Rosina Conde se gana el pan (y eso que ambas olvidamos incluir, entre sus actividades, el performance). ¿Quién le aguanta ese paso?

4 Respuestas

  1. Mireia Viladevall dice:

    Estimada Rosina siempre he sabido q eres chingoba y en cada paso q das nos demuestras q si se puede. Gracias

  2. Claire Joysmith dice:

    Estupenda entrevista a una mujer extraordinaria a la renacentista, brillante y creativa, entusiasta y dadivosa al max, que le canta hasta a la Catrina a revientacorazón. Feliz de escucharla cantar aquí y de que se le reconozca, que buena falta hace, en su espléndida todología. Gracias por compartir

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