El pan de cada día

GANARSE EL PAN EN ORIENTE

Por Carmen Ros

La tarde en tonos encarnados, algunos suaves.  

Son tres y suelen trabajar en equipo. No les gusta transportarse en auto y no hay manera de convencerlos de que un coche —o, para el caso, un camión— facilitaría su trabajo. “Ni cuando vimos por vez primera un carruaje tirado por caballos,  ni cuando presenciamos los viajes en tren o en barco de vapor se nos ocurrió abandonar nuestras cabalgaduras”, aclara uno de estos magos (eso dicen que son), apuntándome con el dedo. ¿Su nombre?, le pregunto. Melchor, contesta y sonríe. Su dentadura no es perfecta, pero sí de un albor encandilante. Melchor lleva la cabeza cubierta por una gorra de color beige, de esas que son ajustables y que tienen visera. 

Dicen que viajan sobre un elefante, un camello y un caballo, y que no requieren de máquinas para transportarse. “Una vez, a Melchor se le ocurrió que viajáramos por Fax. Como chiste, venga. Nuestras cabalgaduras son nuestra familia. Además, para transportarnos, nos basta la voluntad y el impulso. Como ocurre con los personajes de Sense8, la serie de televisión”, explica Gaspar, quien va vestido con gorra y bufanda de estambre negro.

Baltazar ha estado silencioso. Pregunto la razón. “Estos magos son unos loros y yo, en cambio, hablo menos que una piedra”. Melchor y Gaspar ríen y piden a Baltazar que me cuente cómo se ganan el pan de cada día.

Baltazar protesta, quiere saber cuál es mi interés por conocer su jornada laboral. “Un buen regalo es lo que importa que hagamos”, refunfuña.  Insisto en la entrevista, porque, será, les digo, el presente que ellos harán a Monoticias y porque absolutamente nadie sabe qué hacen los magos el resto del año.

“Nos levantamos y vemos un paisaje urbano que recuerda, unas veces, el de Samarkanda y, otras,  el de Bagdad”.  Baltazar aclara que él, Melchor y Gaspar viven en torres y que, desde las almenas, miran las techumbres de mosaicos de turquesa y lapislázuli. “La belleza cura todos los desconsuelos”, comenta con gusto y sigue la narración: “por la mañana bebemos café árabe al estilo turco y comemos kebabs”. Enseguida, cada uno va hacia su telescopio y retoma las observaciones que suspendió la mañana anterior. Melchor estudia comportamiento de cometas y asteroides en agujeros negros. Gaspar monitorea todos los planetas que tengan condiciones semejantes a las de la Tierra y él, Baltazar, combina los descubrimientos astronómicos y la astrología. Durante las noches y las mañanas los magos escrutan el cielo y sus rincones.  Al mediodía, concentran su atención en estudios sobre la emocionalidad y la antropología.

 ¿Y los juguetes? ¿Y su presencia en muchísimos hogares la noche del 5 de enero cargados de juguetes? Los tres magos ríen.

Ellos revisan, a la velocidad de la luz, cartas infantiles de todos los puntos cardinales; diseñan los juguetes mediante el programa SysAid y, en los hogares de los niños, los hacen reales con una 3D pluma de alta definición que ellos mismos diseñaron.

Yo comento que es una lástima que en tiempos del nacimiento del Divino Niño no haya habido el desarrollo informático y tecnológico para haberle dado más regalos aparte del oro, el incienso y la mirra, porque eso ¿de qué le serviría? Los tres encogen los hombros y entornan los ojos con fastidio. La voz de Gaspar resonó: “Llegamos a Belén con puntualidad. Nos guio una luz que descendió del firmamento. Se trataba de un ángel que a veces se transformaba en estrella del tamaño de un farol, fue él quien nos entregó flujos de sustancias para llevarlas como presentes, eran fuerzas cósmicas”.

En este punto, yo debería conducir la conversación hacia las labores de un día, pero no puedo, el asombro me detiene. Titubeo.  “Cuando el Sol está por ocultarse, hacemos una siesta para luego seguir estudiando el mundo sideral. Al amanecer vamos a nuestras camas y soñamos las cartas que nos escriben —como la misiva que nos enviaste pidiendo una entrevista—. Según mi celular, la tarde había terminado hacía más de una hora; pero el cielo seguía arrebolado.